Relato: Sólo un adiós

Hace ya unos años, una muchacha de unos veinte años volvía a su casa pensando en si debería haber seguido con su novio o había hecho bien en dejarlo. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos  de tanto llorar, pero la sensación de que había hecho lo correcto en ese momento.

Una bonita tarde ellos dos se encontraron en la plaza grande, donde él intentó besarla y ella rehuyó, él quiso abrazarla y ella se escurrió de entre sus brazos como agua entre los dedos. Ambos sabían que algo pasaba. Había algo en la mirada de la chica que le hizo a él acordarse de cierto momento en el que se hallaban solos delante del enorme río que cruzaba por la ciudad y pensar que aquellos días tan felices juntos tocaban a su fin. Pese al miedo que viene con esa certeza que se tiene en algunos momentos, él la cogió de la mano y la llevó hasta los escalones de un pequeño monumento que se alzaba en el centro de la plaza. No tuvo que preguntar, ella sola comenzó a contarle las razones de su tristeza, y él haciendo acopio de todas sus fuerzas le dijo lo feliz que había sido estando a su lado y que se tomara un tiempo si era lo que necesitaba. Sabía que, una vez la dejara marchar, volar sola, no volverían a estar juntos, pero no podía retenerla contra su voluntad, la quería demasiado.

Ella por su parte, lo quería y lo necesitaba, pero no podía aguantar la presión del chico en algunos temas, como el sexo. No era una persona que se fuera con cualquier chico a la primera, de hecho, él casi tira la toalla con ella, pero necesitaba su tiempo para cada cosa, y el de eso no había llegado aún. Primero debía conocer a la persona con la que quería estar, más tarde salir juntos un tiempo considerable y luego ya se plantearía otras cosas. Eso él no lo entendía, era más impetuoso, hacía todo tal como le salía sin pensar en lo que conlleva o cómo le sienta a la gente de su alrededor. Así, entre ella que solía pensar bastante las cosas hasta que se decidía por uno u otro camino y él que era todo lo contrario habían llegado a ese punto.

Él la escuchó y le secó las lágrimas y ella lo abrazó finalmente. No podía besarlo, no después del daño que sabía le estaba causando, pero él buscaba sus labios sabiendo que sería la última vez que los encontraría.

Era una bonita tarde de primavera, cuando los árboles y las plantas están en flor, y las calles ya huelen a juventud, amor y ganas de vivir. Pero para ellos era la tarde más triste de su tiempo juntos. No había fuerzas para sonreír ni para seguir.

Cogieron cada uno su autobús, ambos mirando al suelo, pero él estaba iba serio, y ella llorando. Se despidieron con un simple “Adiós”. La chica iba con una sensación horrible de vacío, destrozada por haber sido ella la que lo había dejado y por el chico, a quien amaba y a quien añoraba ahora que iba de vuelta a su casa sola en el bus. Ella lo quería, pero de tanta presión como había soportado ya no era lo mismo que al principio, la relación la había desgastado y con ella sus sentimientos, aunque eso no quiere decir que no lo amara en ese momento. No sabía qué iba a pasar al día siguiente cuando volviera a verlo, pues estaban en el mismo curso y clase además de tener el mismo grupo de amigos.


Él, el poeta, ella, la princesa. Ambos parecidos pero tan diferentes uno del otro… No bastaba con el amor y el cariño, necesitaban algo más que no podían proporcionarse: comprensión. Pero ni siendo amigos ni pareja pudieron comprender y respetar algunos de los aspectos del compañero. Todo acabó en un simple adiós.