Fantasmas del pasado

Corría, corría hacia delante, sin querer mirar atrás. Huía de aquel lugar. Corría entre campos de trigo dorados por el sol cual beta de oro mientras su vestido ondeaba por el movimiento de sus piernas. No le importaba donde fuera a parar, daba igual, mientras fuera un sitio en el que nadie la conociera, o donde no habitara ningún ser humano. Una ciudad abandonada le parecía el mejor lugar. Allí no habría nadie que le hiciera daño.

Se sentía agotada, pero se resistía a dejar de correr. En realidad era miedo lo que tenía. Sabía que mirar hacia atrás o intentar volver allí era encontrarse de nuevo con eso a lo que no quería hacer frente.
Al cabo de un largo rato paró en medio del campo. Sus piernas apenas le permitían mantenerse en pie. El bonito vestido color verde agua que se había comprado para el almuerzo en la casa del conde, hacía no más de tres semanas, estaba sucio y rasgado. Tenía que estar guapa para la ocasión, pues allí podría encontrar un buen hombre con el que casarse. Al fin y al cabo era una simple joven burguesa, que no contaba con grandes riquezas ni posesiones que le proporcionaran una renta suficiente para vivir durante el resto de su vida. Pero el enamorarse del hijo del conde y el rechazo por parte de éste no había sido lo más acertado en esos momentos. No quería encontrárselo por la calle un buen día caminando al lado de una hermosa joven y verlo pasar a su lado sin dirigirle siquiera la mirada.

Fue al terminar los postres e ir a la sala del té cuando decidió que escaparía de allí. Se marcharía tan lejos como pudiese.

Agotada se sentó a descansar al lado de un pozo, bajo un inmenso árbol. Se sentía mareada  y perdida en medio de aquel lugar. Las nubes que habían estado durante todo el día amenazando con lluvia dejaron caer una fina capa de gotas que calaron a Helena, y que resbalaron por su rostro mezclándose con sus lágrimas, pese a estar bajo aquel árbol. Poco a poco cayó la trade, y empapada  decidió continuar caminado por un pequeño sendero que había junto al campo. El  sueño y el cansancio se apoderaron de ella haciéndole pasar la noche al abrigo de un modesto arbusto y unos matorrales. Al menos la lluvia había parado, pero el vestido estaba completamente mojado.

Empezaba a despuntar el alba cuando decidió reemprender el camino. Se dirigió hacia donde creía que estaba el norte. Caminó durante todo ese día sin pararse a descansar más que para coger unos vistosos frutos que colgaban de las ramas de un árbol próximos al suelo y comprobar el estado de sus finos zapatos, embarrados y con las suelas medio desgastadas. Al caer la tarde una punzada de dolor atravesó su pecho a la vez que se doblaba en dos a causa de un ataque de tos. Escuchaba de fondo el sonido de un perro ladrando y el ruido de unos cascos de caballo. No quería que nadie la encontrase, pero le era imposible moverse de allí y además sus fuerzas le empezaron a fallar. Tenía fiebre, mucha fiebre, y un mareo terrible que hacía que todo le diera vueltas. Se desplomó en el suelo al tiempo que escuchaba cada vez más cerca al perro y a un caballo. “Va a ser una muerte digna para alguien como yo” pensó antes de quedarse inconsciente.

Pasaron  unos días hasta que la joven Helena recobró la consciencia. Un suave olor a flores y un leve susurro le hicieron pensar que estaba en el cielo.
- ¿Está bien? ¿Señorita? – le susurró esta voz.
“¿Es Dios quien me está hablando?”
- Señorita, ¿puede escucharme?
- Mmmm… ¿es usted Dios?
La respuesta impresionó a aquel hombre de porte elegante pero desaliñado.
- ¿Sabe dónde está, sabe cómo se llama? – volvió a insistir.
En lugar de responder intentó incorporarse, pero un mareo le hizo volver a tumbarse en la cama.
- Me llamo Helena… pero no sé qué ha pasado. Estaba en el campo… y no recuerdo nada más.
- Bueno, mientras se repone puede quedarse aquí, pero debería avisar a su familia. ¿De dónde es? Puedo mandar un mensajero.

Pero la muchacha se negó a responder. Intentó de nuevo ponerse en pie, pero no lo consiguió.

Aquel hombre le había salvado la vida, le estaba enormemente agradecida, pero no podía quedarse allí.
- Debo marcharme. Muchas gracias por su amabilidad. – respondió.

Pero tanto el hombre como su estado se lo impidieron, obligándole a quedarse en aquella casa con un desconocido. Era una casa de grandes proporciones que a duras penas guardaba el encanto que había poseído antaño, fruto de alguna mujer, pues algunas paredes estaban desconchadas, el papel en tonos pasteles que las recubría estaba descolorido y del techo colgaba una bella lámpara de cristal con algunas telarañas. Ésta era lo único que se mantenía intacto.

Pasaron tres semanas hasta que la joven se repuso casi por completo. Mientras tanto, el buen hombre apenas se movía de su lado, dejándola solamente para prepararle la comida y arreglar una de las habitaciones donde se sintiera más cómoda. Cuando Helena despertaba, aquel hombre al que pondremos el nombre de Salvador, estaba sentado a su lado esperando ver cómo abría los ojos; después de almorzar le leía poemas de escritores famosos; a la hora de la cena, cuando se encontraba algo mejor, la bajaba en brazos a una cálida estancia de la casa con una mesa, dos sillas y una acogedora chimenea;  y a la hora de dormir él la volvía a subir a su habitación, dejándola con sumo cuidado sobre la cama como si de un cristal muy frágil se tratara.

Poco a poco la joven Helena fue cogiéndole aprecio a aquel hombre de mirada triste que la trataba como a una princesa. Ambos pasaban  casi todo el día juntos. Él le contó cosas que jamás se las había dicho a otra persona, y ella le confesó el motivo de su huida. Él se enamoró de la joven, y ella sin quererlo le dio falsas esperanzas. Solamente quería ser su amiga, una amiga de verdad, nada de falsas apariencias como había tenido que fingir en el pasado. Se sentía a gusto cuando estaba con él, no sabía cómo agradecerle todo lo que había hecho por ella y sobre todas las cosas no quería hacerle daño, no quería ser como uno de los personajes de unos relatos escritos por él mismo que una noche le contó, pues sabía lo que sentía por ella. Así que decidió alargar su estancia en aquella casa junto a Salvador una semana más, hasta que se aclarase. En ese tiempo él le demostró que la amaba.

Pero al cabo de cuatro días Helena se decidió a contarle lo que le ocurría. Esa joven que había encontrado tumbada e inconsciente en medio del campo con el traje empapado le había roto el corazón.
Arrepentida por el daño que le había hecho a aquel hombre al que había llegado a apreciar como a un buen amigo salió una mañana de la casa, y con una pequeña daga que encontró en unos de los cajones de la cómoda de Salvador, se quitó la vida.

Al llegar éste a la entrada de la casa, encontró a Helena  tumbada sobre un charco de sangre. Al lado suya, en una nota se leía “muchas gracias y perdóname”.

El buen hombre no soportó aquella visión, y más tarde apareció ahorcado de la bella lámpara del salón de la casa.


Hoy en día sigue en pie esa casa, y se dice que en los días de lluvia se puede ver a una joven llorando en la entrada, empapada, esperando ver aparecer a aquel hombre de porte elegante pero desaliñado. Salvador, ahora salvado, vigilaba desde lo alto entre las nubes cómo aquella muchacha se había condenado para siempre en aquel mundo, mientras que a él lo había liberado de toda cadena que lo había mantenido atado.